Comer insectos no es para tanto

Comiendo insectos en TailandiaNaciones Unidas  ha sugerido que comamos insectos para combatir el hambre en el mundo y mucha gente se ha llevado las manos a la cabeza (no hay más que ver las reacciones desde ayer en las redes sociales). Un polémico informe de la FAO sostiene que la producción de este alimento es barata y que tiene tantas proteínas como la carne. En mi opinión, estos organismos deberían abogar antes por una redistribución de la riqueza para que los alimentos disponibles lleguen a todos, pero tal vez no sea descabellado pensar que en el futuro no haya comida suficiente y nos veamos abocados a comer bichos. ¿Tenemos razón en quejarnos tanto?

Piensas en insectos y te viene a la cabeza la imagen de una cucaracha metiéndose bajo tu frigorífico o de una mosca escarbando en la mierda y, ciertamente, no se te ocurre que sean un alimento agradable. Pero tal vez no se te ocurre pensar que hay varios países de África, Asia y América donde algunas de estas especies se degustan con normalidad. En mi caso he estado en dos de ellos, México y Tailandia.  En el primero de ellos los chapulines son un aperitivo muy conocido, aunque no el único que consta de estos invertebrados.

Insectos en Ayuttaya, Tailandia

Si en México me quedé con las ganas de probar los chapulines, el verano pasado pude calmar mi curiosidad por saber cómo saben los bichos que se venden en la calle en Tailandia. En este país, pueden verse puestos por la calle donde se vende este manjar. Tienen saltamontes de distintos tamaños, larvas y otros insectos más bien indeterminados. En la feria de Ayuttaya, a unos 80 kilómetros al norte de Bangkok, el puesto de los insectos fritos era uno de los más populares .

Un puesto de insectos en TailandiaAunque en realidad la primera vez que probé estos “manjares” no tuve que irme tan lejos: fue en un restaurante en Madrid. No sé si seguirá abierto. En fin, sin ánimo de molestar solo quería decir que comer insectos no es tan desagradable. Si no, trata de explicarle a un extranjero por qué te gustan tanto las gambas, los caracoles o la sangre de cerdo (morcilla).

Apetitosos insectos tailandeses

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Gaza, la normalidad de los cohetes y el bloqueo

DSCN2073En estos momentos me encuentro en Gaza, la franja palestina sitiada por el bloque económico y militar de Israel. Aunque estoy de vacaciones, estoy aprovechando para hacer contactos y visitar a todo tipo de gente, desde campesinos y pescadores a víctimas de la violencia y las últimas guerras. Es curiosa la normalidad que se vive en la ciudad en medio del bloqueo, de los cohetes, del entrenamiento de comandos de “la resistencia”, de la amenaza de un ataque israelí y de la falta de servicios básicos. Una “normalidad” que se ha visto sacudida por dos guerras en los últimos tres años. “Básicamente, aquí la gente celebra estar viva cada día”, me dijo con amargura María del Mar, una activista propalestina.

He contado muchas de las cosas que he visto en un reportaje en El País (La paz no alivia el ahogo de Gaza) y, de camino, he puesto en marcha un blog en este diario, Miradas árabes, desde el que quiero contar historias más personales.  Lo arranqué con la familia protagonista involutaria del último World Press Photo y he continuado con el éxito de Madrid y Barça por estas tierras. Tengo preparados más testimonios, así que os los iré contando en estos días.  Besos para todos

Podéis ver vídeos en mi canal de Youtube. Y estoy informando de todo lo que veo en Twitter @locodelpelorojo y Facebook https://www.facebook.com/mamedina

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Sin título (II)

Si pudiera elegir como pasar todas las horas
que faltan hasta el próximo holocausto
me quedaría en tu cama,
tumbado,
despidiendo uno a uno los minutos,
anudado de escarchas y ceniza.
me enredaría en tus gemidos nocturnos,
en tu piel de leche y luna,
contándote los poros y las pecas
y las manchas que te tiñen de rojo el cuello.
aguardaría a la luz de la mañana
con la que te despiertas, muriéndote de sueños,
para llegarte al fondo,
más dentro que tú misma,
y resguardándome allí de coches y otros ruidos.
encontraría las frases adecuadas
para salvarte de miedos y trabajos
absurdos,
y escondería tu dolor de cabeza
en el rincón más profundo del baúl
donde guardo los besos.
tendría tiempo de poner tus braguitas
en un cajón lejano y triste
para que te olvidaras de ropas y vestidos
y siguieras pura y fresca,
desnuda de poemas
y risas imposibles.
escucharía las canciones que te inventabas
a solas en tu cuarto
y me perdería en sus notas
desparramadas como segunda voz
entre humo de wisky y gotas de tabaco.
me acordaría, de golpe, en un momento,
de las historias de cuando era pequeño
que no siempre recuerdo,
y te las contaría en susurros,
cabeza con cabeza
mientras los ojos se te fueran cerrando.
Si pudiera elegir como pasar todas las horas
que restan a la suma de los días
sería sólo un inmenso escalofrío
como el que siento al notarte por dentro.

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Cuento de Nochebuena (2004)

El niño grande pensó en su madre con rencor
porque las cosas no eran tan fáciles
como ella había contado.
Él quisiera
pasar los días atrapado en abrazos
y morir lentamente derramado entre sábanas
pero escaban las horas
y dejaban sólo un rastro de servilletas
sucias en los bolsillos
y, a veces, besos.
Pasos a la noche que llevan a otras camas,
portazos de adiós
envenenados.
Así que el niño despertó llorando,
herido de muerte por sus propios gritos
de ausencias y otros monstruos
y calló para siempre su secreto más suyo:
su soledad primera.

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Sin título

cada uno esconde su propia soledad como puede: unos salen a la calle para gritarle a los otros sus penas, y disimulan al estar solos y hacen como si no hubiera espejos en su cuarto; otros se agarran todo lo que pueden a quien esté más cerca, y lo convierten en su única salvación posible y no se imaginan vivir sólo uno; hay los que piensan en ser felices sin darse cuenta del tiempo que pierden dudando un beso; y están, al final, los que no saben cuándo hay que ser sinceros, divertidos, escandalosos, algo exagerados, y simplemente se quedan quietos porque no hay lugar donde escapar de ti mismo.

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Los rostros tras las palizas al otro lado de la valla de Melilla

Touré Mocta, de Camerún, tiene 25 años y una mirada profunda. Espera para cruzar la valla de Melilla en un bosque cercano a Nador, a unos 12 kilómetros de la ciudad autónoma. Su compatriota Nleha Ramses, de 22 años, aguarda más cerca de la frontera, en el monte Gurugú, desde el que se divisa la ciudad española. Confía en “la ayuda de Dios” para alcanzar la tierra prometida. Ambos cuentan que la policía de Marruecos les persigue y, cuando los alcanzan, les pegan con palos y les golpean en las articulaciones y en la cabeza. Su historia la comparten también otros inmigrantes de Senegal, de Malí, de Costa de Marfil y Congo, y la corroboran asociaciones como Prodein o Médicos Sin Fronteras. Ellos son los rostros tras las noticias sobre los saltos a la alambrada. Su desesperación y su dignidad no cabe en los titulares.

Hoy publico en El País un reportaje con sus testimonios: El viaje de Touré choca con la valla

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Los dos lados de la valla de Melilla

Esta semana he estado en Melilla siguiendo un curso para informar mejor sobre las migraciones. Nuestra llegada coincidió con tres saltos a la alambrada, dos de ellos a plena luz del día. Después,aprovechamos para cruzar la frontera con Marruecos y hablar con inmigrantes subsaharianos que malviven al otro lado de la valla, en el monte Gurugú y los alrededores de Nador, a unos 12 kilómetros del paso de Beni Enzar. Lo mejor del viaje, además del acceso de primera mano a las fuentes, fue conocer a periodistas tan grandes e íntegros como Sergio y Elena, entre otros muchos, además de comparar nuestra visión Eurocentrista con profesionales de Marruecos, Argelia, Mali y Senegal. Estuve hablando con inmigrantes como Toure Mocta, de Camerún, que ha saltado cuatro veces la alambrada, y con Fathi, un argelino que lleva más de tres años en el Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes de la ciudad autónoma. Os lo iré contando en los próximos días. Por ahora, os dejo con este vídeo de la frontera al día siguiente del salto.

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