26/08/2015

Aquella tarde era triste:
los “te quiero” se quedaron colgando en el WhatsApp
como hojas secas que no acaban de caer
y las palabras se volvieron mudas
atropelladas por un nido de torpezas
que los pájaros del odio montaron tras los balcones.
Ya no era ayer. Tampoco era mañana.
La almohada aguardaba mustia,
derrotada de silencios,
la luz del ordenador no sabía encenderse,
la estantería se sentía desnuda,
olía a libros desollados bajo la mesa.
Entonces, ya no estaba.
Detrás sólo había derrota,
un inmenso escalofrío de labios ausentes
y letras desconsoladas
en pantallas de un trabajo eterno absurdo, como el mito de Sísifo.
Y luego, la nada.

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